sábado, 21 de enero de 2012

Oprobio en femenino

21_01_12

Es la forma en que lo dices, no en sí el contenido, es la manera en que entonas las palabras, en la que modulas la frase que me sentencia, cómo mueves los labios cuando te diriges a mi, cómo entornas los ojos cuando me miras, es esa inclinación de la cabeza, esa ligera torsión del cuello que ejecutas con toda la intención aunque parezca un gesto fortuito e inocente.

Es en sí toda tú, cuando me dices no, cuando me hielas la sangre con un comentario cargado de siglos de aprendizaje en el arte de someter, es la manera simple pero mortalmente efectiva que tienes de clavar el aguijón en lo más profundo y retirarlo antes de sentir su punción en mi interior, eres la artista del escapismo evidente, eres la diosa de la iglesia del oprobio en femenino, eres la escultora del cincel ensangrentado.

Pero ¡ay! qué haría yo sin ese dolor sino seguir más muerto aún de lo que creo estar.

Mañana más. O pasado...

lunes, 7 de junio de 2010

Adiós Violeta, adiós

07_06_10

Despedirse siempre es difícil, despedirse sin saber si te volverás a encontrar, más aún y despedirse sin saber qué va a pasar ni cuándo, es lo peor de todo.

Empiezo así de gris porque se acaba una época, se baja un telón con la comedia inacabada, incompleto el último acto y sin derecho a devolución del precio de la entrada ni explicaciones por parte del empresario.

Para los que no la conozcáis, La Violeta es algo más que un local, allí se reune gente de todas las edades, unos a beber, otros a charlar, a comer, a jugar al billar, al futbolín, a ver el fútbol, siempre con un ambiente que nunca y mira que he estado horas sentado allí, se vio alterado en lo más mínimo, con el tiempo la gente se iba conociendo y cada vez era más agradable sentarte a tomar una cerveza y unas alitas de pollo, unas patatas con alioli, y luego echarte una partida de futbolín si había quedado alguno libre, a veces un objetivo complicado.

Todo esto se acaba. El día 19 de junio la Violeta, aquella que se libró del derribo y transformación en apartamentos gracias a la presión popular, que obligó al ayuntamiento a entregar a cambio al grupo inmobiliario holandés que la había comprado, un solar de la calle Verdi, cierra sus puertas, sin fecha de reapertura. Por no saber, ni los actuales arrendatarios del local saben cuánto tiempo durarán las reformas, ni a partir de cuándo. Sólo nos queda lamentarnos y desear que el resultado del concurso
"abierto" de reforma sea lo más respetuoso posible con el aspecto actual del local, que sí, está viejo, los baños necesitan una remodelación ya! y la pintura de las paredes no está recién aplicada, pero todo esto, es lo que la convierte en un lugar especial. Todo esto y la gente que lo lleva, que te hacen sentirte como en casa, los saludos al llegar, esa mesa de juego de cartas redonda al lado de la ventana, ese cartel de Fanta del año mil, el sonido de los bailes del local de arriba, el ruido de los futbolines cuando las partidas están al rojo vivo, esa alegría que se respira nada más entrar desde la calle de San Joaquín.

Los que no la conocéis y estáis en Barcelona, daros una vuelta por La Violeta, en la calle San Joaquín 12, antes del día 19 de junio, y luego
decidme si no tengo razón al decir que es una pena que se vayan perdiendo todos estos locales con solera y acaben siendo sustituidos por fríos bares, de diseño igual de frío que no tienen ninguna historia que contarnos.

Mañana más. O pasado.. pero la Violeta se va...

miércoles, 28 de abril de 2010

Sueño con serpientes

28_04_10

Sueño con serpientes, con serpientes de mar, con cierto mar, ay de serpientes, sueño yo.

Uso la letra de Silvio Rodríguez para empezar a contaros que sí, sueña con serpientes, pero a diferencia del cantautor cubano, ella sueña con serpientes de tierra adentro, con unos monstruos gigantescos que le aterrorizan y la obligan a dormir mal, sin descansar, entre pesadillas y sudores que la llevan al amanecer agotada y asustada, que le impiden disfrutar del amanecer y por el contrario, le disgusta tanto la luz colándose entre las persianas, que últimamente las cubre con toallas y mantas para impedir que entre siquiera un fino rayo de luz que se le clave hasta el mismo centro de su cabeza y la haga estallar. Le pasa esto desde hace años, ya ni recuerda lo que es levantarse tranquila y descansada, abrir las cortinas y disfrutar del roce del suave sol de la mañana en su rostro, hace tanto tiempo ya que estos seres que habitan su mente no la dejan tranquila que ha dejado de parecerse a ella, no se cuida, se deja llevar por el cansancio y dejó de hablar con sus amigos hace tanto ya que no recuerda ni sus nombres, ha perdido agendas, teléfonos, direcciones... la familia un día dejó de llamar también, era muy pesado venir a ayudarla, no tenían tiempo y poco a poco dejaron, uno a uno, de venir a verla, ahora está sola, ahora ya no ve a nadie, ahora está tan cambiada, ahora ya no se parece a ella.


Ahora ya no se parece a nadie

Ahora ya no se parece a nada, sólo a una serpiente, delgada y escamosa, que se desliza entre los cojines del sofá esperando a que se haga de noche, para poder volver a habitar su cabeza y volver a ser ella, aunque sólo sea una noche, sólo una más.

(el cuadro que ilustra este texto está inacabado, de hecho no sé si lo acabaré o se quedará tal cual le veis, sólo un dibujo)

Mañana más. O pasado...

martes, 13 de abril de 2010

Amanecer de olas y frío

13_04_10

Atlántico salvaje.

Acababa de amanecer hacía muy poco, y allí estaba yo, muerto de frío, temblando sobre mi tabla de surf, con una simple camiseta por todo abrigo y preguntándome cómo narices habían conseguido convencerme para pasar la noche en la playa, tirado sobre la arena, mal abrigado por una manta, resacado tras haber bebido no sé cuántas cervezas la noche anterior, alrededor de una hoguera que calentó mientras duró encendida, pero que dio paso tras apagarse, al asalto de insectos y bichos que durante el día nadie los ve, pero en cuanto desaparece el sol y la luz aparecen por todo los lados y te pican, los pequeños, los más grandes te muerden... estos dejan de llamarse bichos para ser roedores, y maldita la gracia que me hicieron cuando escuchabas unos grititos agudos cerca de tu espalda entre pesadillas y dolores producidos por aquel maldito guijarro que no viste al acostarte y que ahora se te clavaba en una vértebra.

Allí estaba yo, esperando que alguna ola viniese hacia mi, pues no pensaba ni podía hacer el esfuerzo de remar hasta cualquiera más alejada de dos o tres
metros de donde me encontraba... y yo nunca me encontraba donde rompía la ola, allí estaba el resto, los que de verdad querían estar allí, los que disfrutaban levantándose a las seis de la mañana, se metían en el agua helada como si de una bañera caliente de espuma se tratara y disfrutaban como enanos surfeando olas enormes sobre las que parecían verdaderos bailarines ejecutando todas las piruetas que uno se pueda imaginar, dejando tras ellos unas estelas de espuma y millones de brillantes gotas de agua que te daban todas y cada una de ellas en los ojos cuando pasaban a tu lado, dejándote ciego e impidiéndote ver la primera ola enorme de la racha que se te venía encima.

Y la segunda.

Y la tercera.

Para la cuarta ya tomabas la decisión tantas horas retrasada de girar 180 grados y dirigir la punta de la tabla a la orilla y aprovechando la fuerza de la espuma de la siguiente ola, dejarte impulsar hasta ella. Allí, tras soltarme de la tabla, me tumbaba en la arena húmeda que se iba calentando por el sol y pensaba que con el dinero que me diesen por la tabla me compraría un reproductor de cd, y si me sobraba algo, a lo mejor unas gafas de sol, para todas las horas que me iba a pasar tumbado al sol en la arena ardiente, ahora que no pensaba volver a tocar una tabla de surf nunca más en la vida. Era una decisión firme.

Tan firme que tardé más de diez años en llevarla a cabo, y al final no la vendí, la cambié por una mountain bike que aún conservo y uso cada día para ir a trabajar, pero tardé diez años. Diez años pasando frío
y preguntándome cómo narices habían conseguido convencerme para pasar la noche en la playa, tirado sobre la arena, mal abrigado por una manta, resacado tras haber bebido no sé cuántas cervezas la noche anterior.

Algunas veces creo recordar que hasta cogía alguna ola y todo, o quizá lo soñé mientras me picaba algún bicho, no sé...

(la foto que ilustra esta entrada es en La Palma, el charco azul, y la imagen es una HDR, tres tomas a diferente diafragma, etc... una concesión a la espectacularidad de la que no soy partidario, pero lo reconozco, he sucumbido en esta ocasión, disculpadme)

Mañana más. O pasado...

miércoles, 24 de marzo de 2010

El Paranieves


24_03_10

Así comenzó todo.

Ya por la mañana hacía demasiado frío, salir de la cama fue toda una epopeya, llegar al baño no os cuento y quitarse la ropa para entrar en la ducha casi un suicidio, pero el agua caliente, bendito invento, pudo con todo, y al fin, bien pertrechado, me lancé a la calle a sufrir otra bofetada de frío en plena cara. Y es que no estamos acostumbrados por estas tierras a estas cantidades de nieve ni a estas temperaturas, la foto registra sólo el comienzo de la nevada,
además, en el centro de Barcelona la cosa fue leve, muy leve comparado con otras zonas que lo han pasado peor... pero a lo que iba, que uno que es un lanzado, se decidió a sacar las manos de los bolsillos y a empuñar la cámara y, a pesar de estar congelándome los dedos, no pude resistirme a sacar esta foto, de hecho fue la misma foto la que me pidió a gritos que la atrapara, ¡¡¡Vamos, date prisa que me escapo!!!

Por suerte, por una vez en la vida hice las cosas a tiempo, y me parece que no del todo mal.

Mañana más. O pasado...

miércoles, 2 de diciembre de 2009

02_12_09

Yo sólo la recuerdo a ella.

Aunque me decían los amigos que eran tres. Pues yo sólo la recordaba a ella. No sé si fue su forma de mirarme, quizá el perfume que dejaba tras de si, tal vez fue toda ella la que me dejó como hipnotizado, en una estado de total y absoluto ensimismamiento, tanto que no recuerdo ni cuándo se marchó, ni cómo, ni a dónde... De hecho, a pesar de no saber cuánto tiempo estuvo allí, ni siquiera a mi lado, apenas cerca, la sensación que quedó impregnada en mi cerebro fue la de haber estado una eternidad observándola, dejándome seducir por ese aura enigmática y mágica que la rodeaba.

Estaba tan atrapado por su embrujo que no supe o no pude reaccionar de la manera más lógica, ni siquiera de una manera instintiva, nada, cero. No pude ni dirigirle la palabra, ni moverme hacia ella, creo que ni de pestañear fui capaz. ¿Cómo iba a ser yo capaz en tal estado de preguntarle su nombre, impensable obtener su número de teléfono, quedar en otro momento o proponerle una cita, una cena, un café, cualquier cosa menos lo único que pude hacer, estarme allí plantado como un pasmarote, inmóvil, habrá pensado que soy idiota o algo parecido, o algo peor. Pero sí hay una cosa que me dejó, sin pedírselo, sin necesidad de hacer ningún esfuerzo, y fue su imagen, se me quedó grabada como un tatuaje, indeleble, pero como la memoria es traicionera y débil, y con los años voy notando que los recuerdos se diluyen poco a poco como una gota de tinta en el agua, me apresuré a dejarla allí, en el lienzo, donde podrá permanecer cual recordatorio de ese momento que dudo que nunca se vuelva a repetir, aunque quién sabe, quizás un día, por la calle, vuelva a sentirme hipnotizado...

Si eso vuele a pasar, me pregunto si
esta vez tendré el valor de decirle que me acabo de enamorar...

Mañana más. O pasado...

miércoles, 10 de junio de 2009

10_06_09
Y poder volar...

Cerrar los ojos. Sentir que el cuerpo se relaja. Permitir la entrada al descanso. Perder la consciencia. Rendirse al sueño reparador. Disfrutar de la sensación de flotar. Ignorar las señales del exterior. Desconectar los cables de sus enchufes. Pasar al modo automático. Apagar todas las señales luminosas.
Volumen off.


Nada.



Silencio.



Paz.



Mañana más. O pasado...



o no.